domingo, 30 de septiembre de 2007
En Kinder
... Como si fueran manchas, oscuras, informes, inescrutables. Y se mueven. Se desplazan, lentamente, acompasadamente, imperceptiblemente. No las veo, me volteo y se disipan, pero sé que son-así, tal cual, de ninguna otra forma más que ésa, que aquélla, que esta otra forma en mi cabeza. Pero sí, se sienten allá atrás, o adelante, o aquí mismo, tras de mí; se sienten venir, esconderse. Volteo, sólo el negro del fondo, un baño de niñas al final. Y ruidos, estrepitosos ruidos de tizas gastándose en pizarras invisibles, pero existentes, como todo, como las manchas y como las salas a mis lados, ambos lados, con personas sentadas y persona parada y personas hablando y personas calladas y algunas escribiendo y otras conversando, una mirando de reojo hacia donde me encuentro y otra gritando. Todo eso existe, hasta mis pasos existen, porque suenan, porque tocan un piso frío (no siento que así sea, pero se siente), porque tengo pies y tengo piso y baldosas y oído y tacto. Existen hasta mis sombras, allá atrás y bien por delante; hasta el tiempo que se re-estira, repliega y retuerce para retenerme. Pero hay algo que no existe: el final del pasillo, de ese pasillo de colegio de día jueves en la noche de un año cualquiera (no cualquiera, sino mi año, el año sexto de mí)...
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